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Madrid se prepara para recibir a Shakira

Madrid se prepara para recibir de nuevo a una de las artistas latinoamericanas más importantes de las últimas décadas. El 18 de septiembre, Shakira comenzará en la capital española una residencia de doce conciertos que se prolongará hasta octubre.

Pero esta vez no se trata simplemente de una gira. Alrededor de sus conciertos se ha creado Macondo Park, un espacio inspirado en la cultura latinoamericana que combinará música, literatura, gastronomía, arte y otras actividades.


Y quizá esta sea una buena ocasión para detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué tiene la música de Shakira para haber conseguido acompañarnos durante más de tres décadas?


De Pies descalzos a Las mujeres ya no lloran

La historia musical de Shakira comenzó mucho antes de convertirse en una estrella mundial. En 1995, Pies descalzos nos descubría a una joven cantante colombiana con una personalidad muy definida y canciones como Estoy aquí, Antología o Pies descalzos, sueños blancos.

Tres años después, ¿Dónde están los ladrones? consolidó su estilo con canciones como Ciega, sordomuda, Inevitable y Ojos así, donde ya podíamos encontrar esa mezcla de pop, rock y sonidos de diferentes culturas que caracteriza buena parte de su trayectoria.

El gran salto internacional llegó con Laundry Service en 2001. Shakira comenzó a cantar también en inglés y canciones como Whenever, Wherever la convirtieron en una artista conocida en todo el mundo.

Desde entonces, su música no ha dejado de evolucionar: pop, rock, ritmos latinos, bachata, reguetón, electrónica... Ha colaborado con artistas de generaciones y estilos muy diferentes y ha sabido adaptarse a los cambios de la industria sin perder una identidad que sigue siendo reconocible.

En Las mujeres ya no lloran, su álbum más reciente, encontramos precisamente esa capacidad de transformación. Muchas de sus experiencias personales se convierten en canciones con las que millones de personas terminan identificándose.

Y quizá ahí esté una de las claves de su éxito: Shakira ha cambiado muchas veces, pero nunca ha dejado de sonar a Shakira.


¿Qué canciones podremos escuchar en Madrid?

Las canciones que probablemente escucharemos en Madrid.

Una posible setlist, que corresponde con el repertorio que viene interpretando en Las Mujeres Ya No Lloran World Tour incluye canciones como:


¿Por qué funcionan tanto las canciones de Shakira?

Más allá de sus grandes éxitos y de su capacidad para reinventarse, hay algo especialmente interesante en la música de Shakira: consigue que canciones muy diferentes sean inmediatamente reconocibles como suyas.

Antología: la emoción de una buena melodía

Una de sus canciones más íntimas demuestra que no siempre hacen falta grandes producciones para conectar con el público. Antología se apoya en una melodía sencilla y expresiva y en una letra muy personal. Es un buen ejemplo de cómo una canción puede emocionar sin necesidad de complicarse musicalmente.

Ojos así: mezclar culturas

En Ojos así encontramos una de las características más reconocibles de Shakira: la mezcla de influencias. Los sonidos y giros melódicos de inspiración árabe se integran con el pop y el rock creando una canción con una identidad muy particular.

Hips Don't Lie: el poder del ritmo

Con Hips Don't Lie la protagonista ya no es tanto la intimidad como el ritmo. La canción combina elementos latinos y urbanos con un estribillo tremendamente pegadizo.

Y aquí va una pequeña propuesta: ¿te atreves a llevar Hips Don't Lie al piano?

He preparado dos vídeos para aprenderla manos separadas, trabajando primero cada mano antes de intentar unirlas:



Porque aprender piano también puede consistir en algo tan sencillo como empezar por una canción que te encanta y descubrir, poco a poco, que eres capaz de tocarla.


Tres canciones, tres etapas y tres formas diferentes de entender la música. Y quizá precisamente ahí esté una de las claves de Shakira: saber cambiar sin perder su identidad.



Quizá por eso un concierto de Shakira no es solamente una sucesión de canciones conocidas. Para muchas personas es también un viaje por diferentes etapas de su propia vida.

Hay canciones que escuchamos cuando éramos adolescentes, otras que llegaron después, canciones asociadas a un amor, a una ruptura, a un verano o simplemente a una época que ya no volverá.

Y esa es una de las cosas maravillosas de la música: una canción puede cambiar completamente de significado con el paso de los años, aunque sus notas sigan siendo exactamente las mismas.

Madrid está a punto de volver a cantar con Shakira.

 
 
 

Hay personas que hacen música.

Y hay personas que consiguen que su música forme parte de la vida de varias generaciones.

Dolly Parton pertenecía a las segundas.

El pasado 25 de agosto de 2026, Dolly Parton murió a los 80 años en Nashville, después de una breve batalla contra el cáncer. Con ella desaparece una de las figuras más importantes de la música estadounidense, pero no desaparecen sus canciones, ni las historias que contó a través de ellas, ni todo lo que construyó alrededor de la música.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de la música: una persona puede desaparecer y, sin embargo, seguir estando presente cada vez que alguien vuelve a tocar o escuchar una de sus canciones.

De una pequeña cabaña de Tennessee al mundo

Dolly Parton nació en 1946 en una familia muy humilde de Tennessee. Era la cuarta de doce hermanos y creció en una pequeña cabaña de una sola habitación.

La música estuvo presente desde muy pronto.

Comenzó cantando en la iglesia y actuando en programas de radio y televisión locales cuando todavía era una niña. A los 13 años grabó su primer disco y ese mismo año actuó en el Grand Ole Opry, uno de los escenarios más importantes de la música country.

Hay un detalle de su historia que siempre me ha llamado especialmente la atención: Dolly no destacó únicamente por cantar. Destacó por escribir canciones.

Y eso cambia mucho las cosas.

Porque una persona que interpreta una canción puede emocionarnos.

Pero quien aprende a crearla está construyendo algo propio.

Antes que cantante, compositora

Cuando pensamos en Dolly Parton, probablemente nos vienen a la cabeza Jolene, 9 to 5 o I Will Always Love You.

Pero detrás de esas canciones había una compositora extraordinaria.

Parton llegó a escribir miles de canciones a lo largo de su carrera y consiguió 25 números uno en las listas estadounidenses de música country.

Y hay algo especialmente curioso en I Will Always Love You.

Dolly la escribió en 1973 como una canción de despedida para Porter Wagoner, con quien había trabajado durante años. La grabó ella misma y alcanzó el número uno en las listas country.

Años después, Whitney Houston la convirtió en un éxito mundial.

La canción seguía siendo de Dolly.

Pero había adquirido una vida propia.

Eso es lo extraordinario de crear música: nunca sabes hasta dónde puede llegar algo que un día salió de tu cabeza, de tus manos o de tu instrumento.

La música no tiene edad

Dolly Parton estuvo más de seis décadas dedicada a la música.

Eso también me parece una enseñanza importante.

Vivimos en una época en la que queremos aprender rápido, conseguir resultados rápidos y pasar rápidamente a la siguiente cosa.

Pero aprender música funciona de otra manera.

Un instrumento no se domina en unas semanas.

Una voz no se construye en unos meses.

Y una identidad artística tampoco.

La música se va acumulando.

Lo que aprendes hoy se incorpora a lo que aprendiste ayer. Una canción te ayuda a comprender otra. Una dificultad técnica que hoy parece imposible puede resultar sencilla dentro de unos años.

Y, con el tiempo, aquello que comenzó como una afición puede convertirse en una parte fundamental de quién eres.

Dolly Parton es un ejemplo extremo de ello, pero el principio es exactamente el mismo para cualquiera que se siente delante de un piano por primera vez.

No se trata solamente de tocar notas

Cuando enseñamos música, es fácil centrarnos en las notas, los ritmos, las escalas, la técnica o la lectura de partituras.

Todo eso es importante.

Pero no es el objetivo final.

El objetivo es que detrás de esas notas aparezca algo que tenga sentido para quien está tocando.

Por eso, cuando alguien consigue tocar por primera vez una canción completa al piano, puede parecer algo pequeño desde fuera.

Pero no lo es.

Hay concentración.

Hay memoria.

Hay coordinación.

Hay frustración.

Hay repetición.

Y, finalmente, hay una pequeña sensación de:

«Esto lo he conseguido yo.»

Dolly Parton comenzó su relación con la música siendo una niña y terminó convirtiéndola en una vida entera de creación.

No todos vamos a escribir Jolene.

No todos vamos a subirnos a un escenario.

No todos vamos a convertirnos en músicos profesionales.

Y tampoco hace falta.

La música puede tener un significado enorme aunque solo forme parte de nuestra vida.

Una canción puede sobrevivir a quien la creó

Quizá una de las mejores formas de entender el legado de Dolly Parton sea pensar en lo que ocurre cuando escuchamos sus canciones hoy.

Ella ya no está.

Pero Jolene sigue sonando.

I Will Always Love You sigue emocionando.

9 to 5 sigue siendo reconocible desde sus primeras notas.

Y sus canciones siguen siendo interpretadas por otras personas.

Eso es un legado.

Pero Dolly dejó algo más.

A través de la Dollywood Foundation creó la Imagination Library, un programa dedicado a fomentar la lectura infantil que ha distribuido millones de libros a niños de distintos países. También apoyó iniciativas educativas, sanitarias y de investigación.

Su legado, por tanto, no está únicamente en las canciones que escribió.

Está también en las personas a las que esas canciones y sus proyectos ayudaron.

¿Y qué podemos aprender nosotros de Dolly Parton?

Quizá no necesitemos convertirnos en grandes artistas para aplicar algunas de sus lecciones.

Podemos empezar por algo mucho más sencillo.

Crear.

Aprender.

Practicar.

Equivocarnos.

Volver a intentarlo.

Y seguir haciendo música incluso cuando todavía no somos especialmente buenos.

Porque nadie empieza siendo experto.

Dolly Parton tampoco nació siendo Dolly Parton.

Hubo una niña que cantaba en una iglesia.

Una adolescente que quería dedicarse a la música.

Una joven que llegó a Nashville con una guitarra y muchas canciones.

Y después hubo décadas de trabajo.

Eso es algo que a veces olvidamos cuando vemos solamente el resultado final de una persona.

Nosotros vemos la estrella.

Pero detrás de la estrella hubo miles de horas de aprendizaje.

La música que dejamos detrás

Hay una frase que podría resumir todo esto:

No sabemos cuánto tiempo permaneceremos nosotros, pero sí podemos crear cosas que permanezcan.

Una canción.

Una interpretación.

Una clase.

Un recuerdo.

Una persona que aprendió a amar la música gracias a nosotros.

Quizá ese sea uno de los mayores regalos de enseñar música.

No consiste únicamente en enseñar a tocar el piano.

Consiste en ayudar a alguien a descubrir una forma de expresarse que puede acompañarle durante muchos años.

Dolly Parton nos deja una enorme colección de canciones.

Pero también nos deja algo más difícil de medir: el ejemplo de una mujer que convirtió su pasión por la música en una vida dedicada a crear, trabajar y compartir.

Y ahora que ella ya no puede seguir escribiendo canciones, nos toca a los demás seguir escuchándolas.

Y, por supuesto, seguir creando las nuestras.

¿Y tú? ¿Qué canción te gustaría aprender a tocar algún día?

Quizá este sea un buen momento para sentarte delante del piano y empezar.

No necesitas saberlo todo.

Solo necesitas empezar con una canción.

Porque una vida musical también puede comenzar con una sola nota.

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Leonard Bernstein: el hombre que hizo bailar a la música clásica

Leonard Bernstein: el hombre que hizo bailar a la música clásica

Pocas figuras en la historia de la música del siglo XX resultan tan difíciles de encasillar como Leonard Bernstein. Director de orquesta, compositor, pianista, educador y comunicador nato, Bernstein derribó la frontera imaginaria entre la música “seria” y la música popular, y convirtió cada faceta de su carrera en una declaración de que la música clásica podía —y debía— hablarle a todo el mundo.

De Massachusetts a la fama repentina

Nacido en 1918 en Lawrence, Massachusetts, hijo de inmigrantes judíos ucranianos, Bernstein no provenía de una familia de músicos: su padre, de hecho, se opuso durante años a que se dedicara a la música. Estudió en Harvard y en el Curtis Institute de Filadelfia, formándose como pianista y director.

Su gran golpe de suerte llegó en 1943, cuando, siendo el joven director asistente de la Filarmónica de Nueva York, tuvo que sustituir sin ensayo previo al director titular, que había enfermado. El concierto, transmitido por radio a nivel nacional, fue un éxito rotundo y lo catapultó de la noche a la mañana al primer plano de la música estadounidense. Tenía apenas 25 años.

Un puente entre mundos

Lo que hace único a Bernstein es su doble vida creativa. Como compositor, es el autor de West Side Story (1957), una de las obras más influyentes del teatro musical estadounidense, que fusionó el jazz, los ritmos latinos y la tradición sinfónica con una historia inspirada en Romeo y Julieta. También compuso sinfonías, ballets, óperas y música sacra, como su Missa Brevis o la Sinfonía Kaddish.

Como director, fue titular de la Filarmónica de Nueva York entre 1958 y 1969, la primera persona nacida en Estados Unidos en dirigir una de las grandes orquestas del país, en una época dominada por maestros europeos. Sus interpretaciones de Mahler, en particular, ayudaron a revivir el interés mundial por ese compositor.

El maestro que enseñaba en televisión

Bernstein entendió antes que nadie el poder de la televisión para acercar la música clásica al gran público. Sus Young People’s Concerts, emitidos durante 14 años, explicaban conceptos musicales complejos con un entusiasmo contagioso, formando a generaciones enteras de oyentes —muchos de ellos niños— que jamás habían pisado una sala de conciertos.


Legado

Bernstein murió en 1990, pero su huella sigue viva: en las salas de ópera que programan West Side Story, en los archivos de televisión que aún emocionan a nuevos espectadores, y en la idea, que él defendió con pasión, de que la grandeza musical no está reñida con la accesibilidad. Fue, ante todo, un comunicador: alguien capaz de hacer que Beethoven y Bernstein mismo sonaran igual de urgentes, igual de vivos.

 
 
 
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